Opinión, Política

El feminismo como sustituto del pensamiento

Anne Campbell en 'La paradoja de la igualdad' (NRK1)Anne Campbell en 'La paradoja de la igualdad' (NRK1)

A raíz de la noticia del despido de James Damore, ingeniero de Google que redactó un memorando cuestionando las decisiones de la empresa en cuestiones de igualdad de género, The New York Times publica un inteligente resumen de la historia que ha colocado a la igualdad de género en los principales titulares de los medios occidentales.

La paradoja de la igualdad

James Damore, estudiante de biología, expuso que la falta de mujeres en puestos técnicos tiene una sencilla explicación biológica, lejos de la explicación que ofrece el feminismo, el cual sustenta una supuesta discriminación premeditada.

La explicación del ex empleado de Google coincide con la misma conclusión del famoso documental noruego ‘La paradoja de la igualdad’, del canal público NRK1:

La audiencia del documental puede hacerse fácilmente la pregunta de si, históricamente, las mujeres asumieron ciertos roles en forma voluntaria o fueron premeditadamente sometidas por los hombres hasta hace relativamente poco. Por supuesto, el movimiento feminista bien podría sostener esto último.

En el mismo documental, se puede contemplar a mujeres noruegas afirmando, sin balbucear, lo que Google considera una ofensa contra las mujeres:

“Hay diferencias sexuales. Podemos desear ser más iguales, pero somos lo que somos”.

Seguido de la afirmación de otro biólogo, en la línea exacta del escrito de Damore:

“Los niños nacen con una clara disposición biológica de género y comportamiento sexual”.

Como cualquier otra religión, el feminismo es lo opuesto al pensamiento. Al presentarse en un contexto político, como tantos otros conceptos, se escurre de cualquier sustantivo: no es una ideología, ni un movimiento, ni un pensamiento, ni esto, ni lo otro. Es sólo lo que sus voceros dicen, sin lugar al desacato.

Noruega, un país referente en la inversión en educación, se permitió en la televisión pública un inteligente debate donde hombres y mujeres de distintas profesiones pudieron expresar su parecer sin recurrir a ningún pensamiento dogmático. Este escenario resulta hoy imposible en la mayoría de países occidentales.

Es justamente en el resto de países donde la falta de inversión en educación dio paso a la falta de pensamiento, y dejó a varias generaciones desprovistas de la educación como herramienta indispensable para protegerse de mensajes dogmáticos como el feminismo.

Hoy se contempla el resultado de esa falta de inversión en educación.

El feminismo desde la universidad

Estos movimientos saben que sus mensajes tienen mayor peso si sus portavoces salen de una universidad, el templo sagrado del pensamiento más respetado por una sociedad.

Las universidades sirven para instalar doctrinas inapelables envasadas en el atractivo envoltorio que a los jóvenes les resulta el “debate social”: la organización kirchnerista La Cámpora, en Argentina, tuvo cooptadas las principales universidades del país; en España, el movimiento Podemos también se engendró en las universidades, en concreto la Universidad Complutense de Madrid, donde sus fundadores ya estrechaban lazos con sectores kirchneristas y chavistas, y empleaban sus puestos de profesor en la facultad de Ciencias Políticas para instalar ideologías totalmente opuestas al pensamiento libre.

Ningún grupo social es más permeable a la inoculación de ideologías que los universitarios: jóvenes, con poca experiencia y en pleno desarrollo del pensamiento, en la edad idónea para absorber ideas y, en muchos casos, convertirlas en fe.

Como sucede con otras corrientes ideológicas, el feminismo fabrica militantes en institutos y universidades. De ahí, el siguiente paso para sus militantes es la política, los medios de comunicación y cualquier posición de influencia social que haga llegar el mensaje al resto de la población:

Por supuesto, para que un mensaje tan religioso sea ampliamente respaldado (o, sencillamente, no rebatido), hubo antes un largo proceso de repetición de dogmas mucho más suaves que fueron subiendo el volumen hasta llegar a lo que es hoy.

The New York Times y “Cómo criar a un hijo feminista”

El resultado de todo este largo proceso es el punto del camino en el que nos encontramos dentro del debate social en Occidente, donde esta ideología tocó techo cuando el principal medio de comunicación occidental, The New York Times, publicó el titular “Cómo criar a un hijo feminista”, un desafortunado artículo donde se exponen elementos básicos de la pedagogía que mezclan con propuestas donde la educación se transforma en adiestramiento:

Aliéntalo a que tenga amigas

Léele mucho, en especial historias sobre mujeres y niñas

“Son niños” no es una excusa para una mala conducta.

Pide a los niños que pregunten antes de tocar el cuerpo de otro desde que estén en el jardín de niños.

Este último punto se compara con la perversa afirmación que el feminismo instaló en Twitter:

No tardó en aparecer la respuesta por parte de un usuario de Twitter que afirma ser mujer y pedagoga:

El matemático y filósofo Bertrand Russell, partidario del sufragio femenino, explicaba que “no hay ningún motivo válido para engañar a los niños”.

En mi aspecto personal, siempre agradeceré que mis padres jamás me inculcasen ningún tipo de ideología, ni me diesen el más mínimo parámetro de comportamiento más allá de las esenciales buenas maneras, una buena selección de libros, libre elección para jugar a lo que quisiese y ver la televisión que quisiese, una educación pública y laica (nunca estudié religión) y una actitud relajada hacia lo que debería hacer con mi propia vida.

Dentro de lo inevitable de influenciar a un hijo durante la paternidad, se esforzaron en influenciarme lo menos posible para que eligiese mi propia versión del mundo que aún hoy me acompaña.

El ascenso al poder político

Siguiendo el hilo anterior, la nueva ola feminista se instala en todas las esferas políticas, dando lugar, no a mensajes, sino a campañas enteras donde se emplean las arcas públicas para enseñar a los contribuyentes, sin medias tintas, qué juguetes está bien comprar a los hijos y cuáles no, como hizo el Ayuntamiento de Barcelona en las pasadas Navidades:

“No somos rosas ni azules. ¡Somos niñas y niños y nos gusta jugar a todo!”

En menos de un año, las personas con hijos han contemplado toda una campaña coordinada desde incontables medios de comunicación e instituciones de todo el mundo donde se instruye qué forma es la correcta a la hora de educarles.

Si una religión quiere sobrevivir, uno de los primeros puntos en la lista es asegurarse de que las futuras generaciones crezcan con el mensaje ya aceptado por sus padres y los centros educativos.

¿Qué es una mujer?

Un concepto que todo el mundo cree conocer, pero que se desarma a la hora de definirlo: una mujer es sólo una clasificación de género entre los seres humanos.

A partir de ahí, la conversación es infinita: ¿qué convenciones científicas o sociales determinan lo que es una mujer respecto de un hombre? ¿Sus órganos sexuales? ¿Tener el pecho más desarrollado? Si no tiene matriz, ni pechos, o no se puede reproducir, ¿sigue siendo mujer? ¿Puede nacer con el cuerpo de un varón? ¿Quién o quiénes responden a esas preguntas, y en base a qué?

Hombres y mujeres son exactamente iguales

En el documental mencionado al inicio de este artículo se expone que no hay evidencia científica de que hombres y mujeres sean diferentes más allá de su físico. El cerebro funciona de la misma manera en ambos.

Esta explicación científica destierra al feminismo de la lógica argumental (y, por consiguiente, de los planteamientos que debe hacerse una sociedad sana) a partir de la evidencia de que la diferencia es física. ¿Para qué habría que proteger a unos de la supuesta dominancia premeditada de otros si somos exactamente iguales?

Es el momento para que la sociedad (hombres y mujeres) comprenda que se encuentra delante de un debate que nunca se resolverá, que no tiene definición ni quién lo represente y que se entromete en la más estricta intimidad de las personas, además de confrontarlas en debates totalmente estériles.

Si algo bueno puede tener el feminismo, es que lo peligroso de su mensaje recuerda lo importante que es la libertad de pensamiento y lo nocivo que es que una sociedad se enrede en discusiones imposibles de definir.